No me acuerdo de olvidarte

Todos necesitamos espejos para recordarnos a nosotros mismos quienes somos.



viernes, 9 de noviembre de 2012

¡Concurso Sueños y Palabras!

jueves, 20 de octubre de 2011

RELOJES HUMANOS

Aprovecho para actualizar porque hace mucho tiempo que no lo hago. Espero que sea del agrado de quienes lleguen a leerlo. Si entre esas personas hay españoles que encontraron algún tipo de error, estaría agradecida de que me hicieran llegar los comentarios. Ante cualquier corrección, mi correo es vane.stafe@gmail.com


Ya que estamos, dejo el chisme: Con este cuento participé en El Certamen de autores jóvenes "Mateo Booz"  ( organizado por la Asociación Santafesina DEscritores)  y tuve la suerte de obtener la primera mención.


¡Saludos!



RELOJES HUMANOS




El número uno descollaba en el reloj despertador que permanecía inquieto en la mesa de noche, como si supiera que aún era demasiado pronto para que lo mirase, sabiendo que no sonaría hasta cinco horas más tarde.


Negué con la cabeza, sonriéndome. “Cosas de artista”, me dije, “siempre pensando en darle vida hasta a lo que no la tiene”. Moví mi cabeza de un lado hacia el otro, sintiendo el tronar de mi cuello una vez por cada lado.


Subsistía en mi manía recientemente adquirida de observar el despertador. Uno…dos…tres. “¡Joder!”, dejé escapar el insulto acompañado de un suspiro quejoso. El piso estaba frío y yo me aventuré a él de manera precipitada. Quizás debí haber permanecido en la cama un poco más…


No dejé que el helado suelo me ganara la guerra y enseguida me calcé las pantuflas de peluche. Luego me acerqué hasta la ventana de la habitación para meter las narices de lleno en la aburrida madrugada de Alcalá de Henares. ¡Ya era jueves! Y siguiendo una lógica innecesaria, el día siguiente sería viernes y antes de lo esperado el fin de semana me encontraría atrapada nuevamente en mi apartamento, demasiado atosigada como para prestar atención a algo que no fuera el terminar la ficción.


Habían transcurrido cinco días desde que escribí el punto final. Punto final para un capítulo, pero no para el libro. Aún faltaba el desenlace de todo, un capítulo más y luego sí, el punto final que tanto estaba buscando. La escritura cangrejo no era lo mío y nunca sabía el final de mis libros hasta que este tuviera que escribirse. Como la mayoría de los escritores devotos yo no era más que una esclava de mis personajes. Mis manos eran mías mientras ellos no las necesitaran, pero cuando las pretendían, me carcomían el cerebro encerrándome en la cárcel de mi propia mente, siendo ellos los que tomaban el control. Mis personajes solo querían -y necesitaban- que los dejara ser ellos mismos, y hacía mucho tiempo que había aprendido a perder esa guerra civil que se generaba en mi propio cuerpo. ¿Y entonces? ¿Dónde se encontraba mi inspiración? Necesitaba ese punto, pero no llegaba. Habían transcurrido dos años y treinta y cuatro días desde que comencé la novela y ese punto final no quería aparecer. ¿Quizás mi musa se había extraviado?


Podía divisar algunas estrellas fulgentes en el cielo, pero no encontré la luna. “Tantos poetas cantándole a ese bicho raro en el cielo y yo sin poder verla. Si acaso pudiera ayudarme…”. Eso solo me frustraba más. Por tal motivo, cerré la ventana con cierta brusquedad y salí de mi habitación, caminando seis pasos hasta el baño. Pocos, sí, pero un apartamento pequeño era todo lo que le bastaba a una bohemia como yo. ¿Para qué más? Solo necesitaba mi espacio y mi soledad. “Mujer vacía que perdió a su musa”, le susurré al espejo, mirándome a los ojos. “¿Y con qué pagaré el alquiler de este lugar si no termino este jodido libro?”


No se trataba únicamente de eso, sino que habían sido varios los intentos por convencer a mi editor de que esta novela llegaría a buen puerto, hasta que por fin accedió a leerla. Llevábamos varios años trabajando juntos, así que nos conocíamos casi como si fuéramos familia. Sabía de mi escepticismo hacia las historias de amor y no entendía por qué estaba escribiendo una novela sobre eso. A decir verdad, yo tampoco lo entendía, pero todo el mundo tiene el derecho para cometer una locura al menos una vez en su vida. Si todo había salido bien con mis tres novelas anteriores, ¿por qué no me iría bien entonces, con mi primera -y tal vez única- historia romántica?


El día anterior habíamos quedado en encontrarnos aproximadamente a las nueve de la mañana en el Parque de Cataluña, el mismo lugar de encuentro que siempre utilizábamos no sólo porque era un punto medio entre ambas ciudades, sino porque era un lugar perfecto que siempre lograba dejarnos maravillados. Y esta vez llevaría conmigo un plan secreto: quizás ese lugar tan admirable me devolviese un poco de mi nula inspiración. Por lo pronto, solo le entregaría lo que llevaba escrito de la obra, exactamente hasta su penúltimo capítulo y le diría que el final era una sorpresa. Que se lo entregaría aparte, luego que terminara de leer el material que le estaba ofreciendo. Me odiaría, lo sabía, pero ya me importaba poco y nada.


Sin embargo, de aquí a que tuviera que subirme al tren quedaba un gran tramo por recorrer. Tomé un baño relajante y tranquilizador, esperando encontrar una solución en eso, pero nada. Luego de vestirme, secarme el cabello, peinarme y ya maquillarme para encontrarme totalmente lista cuando fuera la hora en la que debía abandonar el departamento, me senté en el escritorio frente a la computadora, deseando que mis personajes decidieran unírseme. “Por Dios, tía, que te vas a volver chiflada si sigues de este modo…”, exclamé luego de casi media hora en la que nada sucedió. Hablar sola, esa era mi especialidad…


Dormité un rato en el sillón del living hasta que la alarma de mi celular comenzó a sonar, indicándome que era la hora de partir. Cogí mi bolso, el manuscrito y las llaves del departamento. Dejé todo en la mesa del comedor por unos segundos, pues había olvidado colocarme el abrigo. Luego de maldecir mientras lograba encajármelo con un poco de dificultad en las mangas, ya que la ley de Murphy siempre ataca al que va apurado, volví a recoger las cosas que había dejado sobre la mesa y me marché del departamento.


Llegué a la Estación de Alcalá de Henares a las siete menos cuarto y deambulé unos minutos hasta que me tocó subirme al tren con destino a Alcobenda. Para ese entonces ya eran las siete de la mañana y no tardó casi nada en ponerse en marcha. Tomé posesión del primer asiento desocupado que divisé y luego de acomodar el bolso sobre mis piernas, me crucé de brazos. Un tren siempre es un recurso perfecto para un escritor: bastaba con mirar a mis acompañantes y uno y mil personajes podrían llegar a mi cabeza. Los niños con uniformes de colegio, la mujer de traje hablando por teléfono -seguramente atareada con alguna tarea del trabajo al que aún no había llegado-, aquel hombre dormitando contra una ventanilla… El observarlos detenidamente me hacían imaginar una y mil historias, pero ninguna que me ayudara a terminar con mi libro.


Junto a mí se encontraba una chica de vaqueros ajustados y cabello rubio lo suficientemente largo como para que pudiera notarlo sin necesidad de dirigir la mirada hacia ella. Fue lo único en lo que alcancé a reparar, porque hubiera sido bastante grosero atreverme a girar la cabeza para observarla. Sin embargo, y con lo que el rabillo de mi ojo me permitía ver, estaba segura de que se parecía a mi personaje. A aquella chica que describía en el libro y a la cual aún no podía entregarle un final. La jovencita movió sus dedos frenéticamente contra un teléfono celular. Seguro que escribió un mensaje de texto. Percibí que sonrió cuando guardó su teléfono en el bolsillo. Quizás era un mensaje de amor, o algo por el estilo.


Tomé esto como una señal, porque las personas con imaginación -y mucho más los escritores- comenzamos a ver señales hasta en paredes pintadas de blanco. Tal vez la chica era verdaderamente mi personaje e intentaba ayudarme. Me distraje por unos momentos, puesto que el hombre que se encontraba frente a mí hizo explotar entre sus labios la goma de mascar que llevaba en la boca. Volví a perderme en mis pensamientos, dejando que la muchacha me ayudara. El individuo volvió a hacer estallar un globo, pero eso no me detuvo…


La chica se da cuenta de que lo ama y viaja en un tren para encontrarse con él… o quizás no. Puede estar huyendo del que se dio cuenta de que no es su verdadero amor y ya no sonríe, sino que está llorando. Incluso pudo haber sido él quien le dijo que ya no la amaba…


Le impedí a mi mente que siguiera pensando por unos cuantos segundos, ya que mi vecino de enfrente había vuelto a jugar con el chicle que traía en la boca, haciéndolo reventar. No me atreví a mirarlo a los ojos, pero sí le miré los pies. Traía unos zapatos negros y lo primero que hice fue preguntarme si servirían para correr. Y mientras los seguía estudiando, el dueño de aquel calzado volvió a hacer explotar la goma de mascar dos veces más…


Porque quizás el joven le dijo a la muchacha que no la amaba por miedo y luego corrió al tren en el que viajaba para decirle que sí lo hacía, pero lo perdió. O alcanzó a subir y ahora está buscándola entre los distintos vagones y la joven aún no lo sabe.


Dejé de mirar los zapatos del pasajero cuando este hizo estallar el chicle nuevamente. ¿Pero y si no alcanza a subir al tren? ¿Y si en verdad lo perdió? La podría llamar inmediatamente y decirle lo que pensaba confesarle personalmente, antes de que ella crea que lo perdió para siempre. O no lo hace y se limita a dar la media vuelta, prometiéndose olvidarse de su enamorada. Una vez más, aquel globo que formó el pasajero volvió romperse. Ya no me distraje porque terminé por incorporar aquel sonido a mi mente casi como un reloj.


Finalmente levanté la mirada y mis ojos se cruzaron con los de aquel extraño, quien hizo romper sobre sus labios una vez más la golosina, observándome fijamente. Los amantes terminarán juntos, tienen que hacerlo. O quizás uno de los dos se despierte en su cuarto y descubra que todo fue un sueño…


Dejé de observarlo a la cara, pero no volví a escuchar el sonido de la goma de mascar estallando. Entonces noté que me hacía falta. Que hacía unos segundos estaba allí y ya no. Que necesitaba de aquella cuenta extraña para seguir pensando. Como un reloj. Como el reloj que marcó el número uno cuando me desperté en la madrugada. Porque la vida en sí es una cuenta.


Aparté los finales por unos minutos, permitiéndome recordar cada una de las cosas que había hecho aquella mañana, intentando crear mi propia cuenta.


Uno, el número que marcó mi despertador y lo primero que vi aquel día…


Dos, los sonidos de mi cuello al desperezarme…


Tres, los minutos que tardé antes de ponerme de pie…


Cuatro, era jueves, el cuarto día de la semana…


Cinco, los días que pasaron desde la última vez que escribí…


Seis, los pasos que caminé meticulosamente hasta el baño, intentando aclarar mi mente…


Tenía que detenerme. Todo sonaba demasiado increíble, poco probable e incluso bastante sombrío, pero eso era lo que me maravillaba y me obligaba a seguir con la cuenta. Después de todo, ¿no es eso lo que somos los humanos? Relojes, cuentas andantes deambulando por el mundo, gastando horas, días, meses, años. Apolillando números. Debía continuar…


Siete, la hora en la que subí al tren…


Ocho, las veces que el pasajero frente a mí hizo explotar su goma de mascar…


Nueve, los finales alternativos que mi mente llegó a imaginar para la historia de mis personajes…


Números. Silencio…


Mi musa me había abandonado días atrás por algo irrebatible. Ella podía ver el futuro y necesitaba de una mente nueva a la cual alimentar, porque después de todo esa era su razón de existir. Sólo se dignó a volver para una rápida despedida, porque de alguna forma yo seguía perteneciéndole. No logré terminar la cuenta, no tuve tiempo. El destino, sin embargo, fue más macabro: la mañana del 11 de marzo de 2004, fueron diez las bombas que explotaron en Madrid.

martes, 7 de diciembre de 2010

RETAZOS

Cuando escribí el siguiente cuento me encontraba algo afiebrada. Muchos dicen que la fiebre es fuente de inspiración y parece que tuvieron razón. Yo generalmente me inspiro cuando tengo sueño o cuando estoy nerviosa, pero esta vez la fiebre me resultó porque tuve la suerte de que hayan seleccionado al cuento como el 3er premio del "Certamen Literario Lermo Rafael Balbi" de la Universidad Católica de Santa Fe. Espero que les guste.


Retazos.

El día que José Luis Peralta iba a morir, se levantó más temprano que de costumbre. Siempre fue un hombre responsable y eso no iba a cambiar a último momento.

Necesitaba que su mano trazara sus últimos deseos. Un testamento no, sino una petición que nacía desde lo más profundo de su corazón. Después de todo, del testamento ya se había encargado apenas un mes luego de que los médicos le entregasen su diagnóstico final. Lo hizo en aquel momento porque se negaba a que su firma se asemejara a un garabato digno de un niño de jardín de infantes y no a la caligrafía de un dedicado profesor de Literatura. El Parkinson podía quitarle todo, no le importaba, pero no le quitaría su dignidad y su orgullo.

Ningún médico le había asegurado que moriría aquel día porque, dejando a un lado aquella enfermedad, se encontraba bien. Sin embargo, tenía la seguridad inexplicable de que aquel sería su último día sobre la tierra. Eso era algo que sólo otro moribundo podría entender. Había ingresado sin proponérselo a una macabra fraternidad privada y exquisita.

Se sentó al borde de su cama, se arremangó los puños del saco pijama y con dificultad comenzó a arrastrar una pesada caja que se encontraba debajo de él. Con manos temblorosas la subió y la destapó. Sus ojos se iluminaron al ver los objetos que allí reposaban. No quiso tocarlos, ni siquiera rozarlos. Sus manos ya no eran las mismas y de ninguna forma contaminaría sus recuerdos. Su mirada bastaba; esa sería su despedida.

Volvió a cubrir de oscuridad la caja y la usó como apoyo para el cuaderno que tomó de su mesa de luz. Desenganchó la lapicera que se encontraba prendida del espiral y sonrió antes de comenzar a escribir. Una vez finalizada aquella corta pero significante carta, arrancó cuidadosamente la hoja y la dobló, escribiendo en una de sus caras: “Leer con Urgencia, pero sólo bajo una situación especial”. Después de todo, su muerte lo sería. Él se encargaría de eso. Luego, se recostó nuevamente y se arropó con la frazada. Mantenía aquella sonrisa risueña en su rostro y así cerró los ojos. Él sabía que sería para siempre.

* * *
Sus hijos visitaron la habitación cerca del mediodía. Lo encontraron a él, lejano, y notaron la caja con la nota encima. Antonio corrió a llamar al doctor, aunque secretamente sabía que ya no había nada más por hacer. Sofía se quedó junto a su padre, rodeada de un respetuoso silencio. Le tomó la mano con suavidad y la protegió entre la suya, mientras con la otra alcanzaba la carta para luego comenzar a leerla.

No entendieron mucho el por qué ni la razón de la carta, pero hicieron todo lo que les había pedido. José Luis no quería ataúd, y en lugar de aquel armado de madera, en su velatorio estaría la caja, su caja. Su cuerpo iría a parar a una urna y luego, sus cenizas terminarían siendo acunadas por aquel arroyito cordobés, ése que se encontraba cercano a la que había sido la casa de sus abuelos y que fue su escape a la diversión en los calurosos veranos de su niñez.

Sofía y Antonio pensaron que nadie entendería por qué esa caja llena de cosas sin sentido se encontraba en el lugar donde debería hallarse el cuerpo de su padre. Muchos visitantes parecían desorbitados, se notaba en sus miradas reprobatorias y en sus cuchicheos sin disimulo.

Otras personas, en cambio, se acercaron a la caja y comenzaron a curiosear los objetos. Mateo, el que había sido el mejor amigo del difunto desde la más temprana edad, recuperó de entre todas las cosas una bolsa con canicas. La observó durante unos segundos, conteniendo las lágrimas y, de repente, su rostro rejuveneció acompañado de una brillante sonrisa. Guardó la bolsa en el bolsillo del saco y se fue de la casa de velatorios sonriendo.

A Sofía y Antonio no les pareció mal, ya que conocían a Mateo y pensaron que quizás necesitaba de aquel souvenir. Además, José Luis dejó escrito en la carta que podía hacer lo que quisieran con los objetos, mientras que quedasen en las manos correctas.

Tiempo después, una mujer canosa y que seguramente tendría la misma edad que Mateo, se acercó a la caja. Comenzó a investigarla y comprendieron que había encontrado algo que llamaba su atención en el momento que sus ojos comenzaron a lagrimear, adquiriendo un brillo especial. Tomó un pequeño ramillete de flores secas y lo estrechó contra su pecho. Llorando y sonriendo, todo a un mismo tiempo, fue a sentarse a un rincón.

Libros usados, cartas viejas, fotos, relojes, retazos de tela, entre otros objetos desfilaron frente a los ojos de todos. Muchas personas fueron las que se apropiaron de los objetos, cada una dejando escapar emociones diferentes. Lágrimas, sonrisas, miradas de complicidad, todo valía.

Cuando eran pocas las personas que quedaban en la sala, pues la noche ya se encontraba avanzada, Sofía se acercó a la señora que había tomado las flores secas. No se había movido del lugar y aún mantenía cuidadosamente entre sus manos el ramillete. Le preguntó quién era y le contestó que conoció a José Luis cuando eran muy jóvenes y que él había sido su primer novio. Esas flores que tenía entre sus manos crecían a la orilla de un camino cercano a la que había sido la casa de su niñez. Le confesó que fue en aquel lugar donde se habían dado su primer beso. También le comentó que tenía esposo, hijos y nietos, pero que esas cosas nunca se olvidan.

Sofía le agradeció con una sonrisa y se puso de pie. Ahora le tocaba a ella rebuscar en la caja, pero esta vez con mayor atención. Era poco lo que quedaba. Divisó un yo-yo que sabía que pertenecía a Antonio, pues cuando era niña debieron de ponerle cinco puntos de sutura en la frente porque su hermano no lo había usado como un yo-yo, sino como un “castiga-hermanas”. También localizó un par de anteojos viejos de su padre. Hacía muchos años que no los veía y al intentar recordar, recuperó la última vez que José Luis los había usado: fue el día que ella le había dicho que sería abuelo. Se secó una lágrima que recorría su mejilla y rebuscó la carta de su padre en el bolsillo de su saco negro. Necesitaba volver a leerla.

“Hijos: Yo ya no estoy aquí, pero no estén tristes. Me voy tranquilo, pues no me arrepiento de nada de lo que hice en mi vida. Ustedes saben que prefiero la cremación, pero mi último deseo es que la caja que dejo a su cuidado ocupe el lugar de mi ataúd en el funeral. Han sido buenos hijos y no arruinen eso ahora. Dejen que las personas tomen de esa caja lo que necesiten y les pertenezca. Los amo. Papá. “

Sofía necesitó volver a eliminar las lágrimas que recorrían su rostro. Ya no eran de dolor, sino de un total orgullo por la persona que había sido su padre. Al final de la carta, José Luis había citado una de las frases pertenecientes a un libro de Ernesto Sábato: “Y entonces recordamos un árbol, la casa de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano con su rumor de chicharras, un arroyito (…)”

Ahora podía entenderlo todo. La carta, la frase, los gestos de las personas, los objetos. Todos eran recuerdos, pedazos de momentos. Retazos de vida.

Sentía orgullo por su padre, pero no por el hecho de ser su hija, sino porque aquel hombre maravilloso no había querido que lloraran su muerte, sino que celebraran su vida.

sábado, 30 de octubre de 2010

CARRY YOU HOME - SISI TRIBUTE

Sisi - Carry you home from Alix on Vimeo.


Nuevo video. Hacía mucho que no publicaba nada, pero vi la miniserie y junto con la canción ( que me parece perfecta) me inspiré. La miniserie es Sisi ( 2009), una producción Italiano-alemana. Tiene muchos errores históricos, pero no es taaaan cuento de hadas como la triología de Rommy Schneider. Bueno, tiene sus partes "mágicas poco realistas", pero me gustó mucho. Espero que les guste el video a quienes estén interesados en verlo :)

miércoles, 26 de mayo de 2010

ERA SOLA


Aprovecho a colgar uno de mis cuentos favoritos. Lo realicé en un certamen literario en el cuál participe hace aproximadamente tres años y, para mi suerte, salió con una mención. De igual forma, aún antes de saber el resultado, me había gustado muchísimo. Rarísimo, porque nunca me gusta lo que escribo... Jaja
Aclaro que la frase "Por tus antiguas rebeldías, y por la edad de tu dolor..." no me pertenece, sino que es de una autora Argentina, María Elena Walsh. El certamen consistía en elegir una frase de las propuestas y elaborar un cuento corto. Esa fue la frase que yo escogí.


ERA SOLA
Era sola, era pena. Caminaba sin rumbo por las calles grises de Buenos Aires. Solo ella, nadie más. Estaba sucia de recuerdos y limpia de ilusiones. Hacía mucho que nadie la oía hablar, que nadie escuchaba su realidad. Ningún buen nigromante hubiese adivinado jamás alguno de sus pensamientos.

Ya no creía en la esperanza, que solo la hacía caer día tras día con la sombría imagen de los sueños rotos. Solo ella, siempre triste. Pero sus disimuladas ganas por vivir la mantenían aún de pie. Quizás fue su destino quien aquella tarde la hizo cambiar de rumbo.No le gustaban los cambios. Le traían malos recuerdos, la llenaban de agonía; pero el sol escondiéndose la llamó a caminar.

Rodeó un jardín de rosas negras y doblo una esquina nunca antes vista. Y como si se encontrase buscando una dirección, sintió que había llegado.Observó de pies a cabeza aquella casa vieja, sombría, en desuso. La investigó intentando descubrir todos los secretos tan solo con el arma de sus ojos claros.Y así descubrió el primero: De tanto observar la casa, alguien la observaba a ella.

Por unos segundos, su mirada se clavó en la ventana de la parte inferior izquierda, la única que mantenía su cristal en pie.Se sorprendió al encontrarse con aquella figura opaca, de ojos tristes, sin ninguna expresión en su rostro.Mantuvieron la mirada por unos segundos, y cuando ella volteó, también lo hizo la otra joven.

No quiso girar nuevamente la cabeza. Solo contempló el gris cielo de aquel atardecer, y se dejo guiar por el sueño que la llevo inconscientemente - o tal vez no - hasta el colchón de su propia casa, depositándola suavemente sobre la almohada. Por primera vez en mucho tiempo el insomnio no fue su huésped.

Al día siguiente, luego de sus impostergables obligaciones y regresando rumbo a su casa, sintió el deseo de encontrarse nuevamente con ella. Tenía la ilusión de que la estuviese esperando, dispuesta a hablar solo con la mirada, como el día anterior.

Hizo el mismo recorrido. El sol a punto de comenzar a despedirse, las rosas grises y la casa. Más vieja, más sola, más sombría. Miró y descubrió que su sueño no se había roto aquella vez. Allí estaba ella, observándola, esperándola.Fueron unos cuantos minutos, tal como el día anterior, y eso bastó. Regresó a su casa con ganas de soñar, y esta vez no sintió miedo de hacerlo.

Los días pasaron, y los encuentros fueron diarios. Ya no había miedo, ni asombro, ni ignorancia alguna entre ellas. Ya no eran extrañas. Tan solo con observase se conocían. Primero fueron solo miradas, pero luego, al pasar los tres meses de aquel primer encuentro, se animó a levantar la mano y moverla, algo torpe, en forma de saludo. Al instante, recibió exactamente la misma repuesta. Y también por vez primera, hubo una expresión en el rostro de la dueña de la ventana. Un gesto raro, casi como una sonrisa, pero que nunca llego a serlo. Se despidieron y siguió su camino.

Nunca se atrevió a cruzar la verja que rodeaba la casa, pero decidió que al día siguiente lo haría.

Hubo desilusión al descubrir que su destino parecía no querer aquello, ya que un feroz temporal cayó como una maldición sobre el día esperado.La desilusión fue cambiada por preocupación. ¿Qué pasaría con la casa? Vieja, sola, no soportaría aquellos vientos que parecían no entender la gravedad del asunto, ya que a cada segundo incrementaban su fuerza.La esperanza se le hizo larga, y cuando la tormenta se detuvo, tuvo miedo de salir a la búsqueda de aquella muchacha. Temía no encontrarla, de perderla para siempre.

Cuando despertó al día siguiente, no lo dudó. Parecía no haber sol, pero de igual forma corrió hacia aquella casa. Todo lucía nuevo, pero estaba tan ocupada sintiendo miedo, que olvidó observar. Pasó rápido el jardín y apuró aun más el paso al llegar a la esquina. Cuando llegó al sitio de la casa, el sol en lo alto le pegó de frente, trayéndola a la realidad.

De la casa solo quedaban escombros, y toda la soledad y agonía que habían habitado antes en ella, habían quedado atrapadas debajo de los mismos. Sin embargo, no sintió miedo. Sabía que ella estaba bien. Volvió a observar al sol, parecía moverse. Quería que lo siguiera, y ella lo siguió. Dobló la esquina, la cual estaba más curva, mas iluminada. Pasó el jardín, y se detuvo a recoger una de las rosas blancas.

Cuando llegó a su hogar, el atardecer resplandecía de un hermoso rosado. Sabía que hacer. Se dirigió rápidamente hacia un viejo espejo que había en su habitación. Lo limpio para quitarle el polvo, y allí estaba ella.

-Por tus antiguas rebeldías, y por la edad de tu dolor, por eso te digo adiós- y sonrió como nunca antes lo había hecho.Tomó nuevamente su bolso y salió por la puerta. Aún quedaba algo de sol y quería disfrutarlo.

Quizás era eso y nunca, hasta ahora, lo había descubierto: el sol era su guía. Ahora quería caminar, sonreír y soñar. Porque descubrió que para soñar, y sin miedo, ya no hacía falta dormir. Ese era el segundo secreto.
El tercer secreto era que nunca, jamás, iba a estar sola. Se tenía a ella misma.

viernes, 14 de mayo de 2010

ENTRE HISTORIAS Y MARIPOSAS

Hice el siguiente texto para un taller literario en el que participo. La verdad, me costó horrores. Hasta hace algunos años, no era para nada amiga de mis nombres. Así que crear esto me hizo volver a pensar en muchas cosas, algunas que hacía tiempo que estaban dormidas.
También dejo un fragmento del poema de Johnathan Swift. No encontré una traducción al español del poema, pero pienso que lo bueno siempre es lo original.

Saludos (=


"Vanessa be the name
By which thou shalt be known to fame;
Vanessa, by the gods enrolled:
Her name on earth - shall not be told
."
Jonathan Swift , Cadenus and Vanessa , 1713

Creo que cosas grandiosas pueden resultar de las historias de amor. Esta, mi historia, lejos está de ser un relato de amor, pero bien podría decirse que empezó con uno. Allá por el año 1700 a un océano de distancia, fue un satírico irlandés quién le dio nombre a mi historia: Vanessa. Era un código, un juego de palabras entre dos amantes que bajo el ojo ajeno no debían serlo.

Vanessa cruzó continentes y se desperdigó por el mundo, hasta que, quizás mediante un susurro proveniente del aleteo de una mariposa con igual nombre, se instaló en el pensamiento de una mujer embarazada en el año 1991.

Mi madre nunca supo explicar el por qué de su elección. Sus palabras se agarrotan en el pensar que fui yo quien lo eligió, siempre tan apurada y queriendo hacer las cosas a mi modo. Y a mí también me gusta pensar que fue así. Aún queda perdida en el tiempo una frase inconclusa: “Te ibas a llamar Eugenia…”.

Una parte de misterio y otra de destino. El tiempo se encargó de hacerlo llegar a mí, pero llegó lacerado: Vanesa. La pérdida de una de sus partes no es más que el recuerdo viviente que, para que los sueños lleguen a transformarse en realidad hace falta luchar. Ese viaje a través de décadas, culturas e idiomas diferentes le otorgó sensaciones, sentimientos y variaciones que, de haberse quedado encarcelado en las páginas del poema de Jonathan Swift no hubiese obtenido. Y así lo recibí en mí, con todos aquellos componentes y texturas. Eugenia no, Vanesa sí.

Y es gracioso pensar que, en ninguno de mis tres nombres, recae ese primer pensamiento de mi madre. Durante mucho tiempo los repetía para mí como si se tratase de un verso que nunca terminaba de comprender: Vanesa Denise Daiana… No, algo no estaba bien. ¿Por qué una persona necesitaba de tantos nombres? Fueron varios años en los que intenté olvidarme que Daiana existía. Fui solo Vanesa Denise. Nadie necesitaba saber que Daiana también estaba allí, envejeciendo lentamente en las páginas de mi D.N.I y partida de Nacimiento. Sin embargo, estaba haciendo lo que tantas veces les había recriminado a los del registro civil cuando acecharon contra mi S pérdida: me estaba quitando identidad.

Con el feminismo y el arte de Vanesa, el toque afrancesado y original de Denise – con la pérdida, también, de una de sus s- y con aquel halo de misterio que siempre tendrá Daiana en mi vida, así soy yo.

Conozco a pocas Vanesa. Con el tiempo alcancé a descubrir que nombres como Vanina o Valeria son más comunes y que las Vanesa terminamos casi por inercia, respondiendo también ante estos nombres. Es un sinsentido. Sin embargo, el mayor misterio de mi vida se encierra en la pérdida de mis dos S. ¿Quizás ese suceso del destino tenga la culpa que yo pronuncie, en su mayoría, a las s como z? Lamentablemente, ni la fonoaudióloga pudo responder esta pregunta.




jueves, 22 de abril de 2010


Ese instante en el que la catarsis no funciona. Cuando no se encuentra ni pena ni alegría. Ese momento que se fosiliza en el tiempo, lejos de convertirse en recuerdo, se instala en el alma y se coagula en tu memoria. No serás la misma. Estás condenada a la prisión de ser humana.

Love is...
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