No me acuerdo de olvidarte

Todos necesitamos espejos para recordarnos a nosotros mismos quienes somos.



jueves, 20 de octubre de 2011

RELOJES HUMANOS

Aprovecho para actualizar porque hace mucho tiempo que no lo hago. Espero que sea del agrado de quienes lleguen a leerlo. Si entre esas personas hay españoles que encontraron algún tipo de error, estaría agradecida de que me hicieran llegar los comentarios. Ante cualquier corrección, mi correo es vane.stafe@gmail.com


Ya que estamos, dejo el chisme: Con este cuento participé en El Certamen de autores jóvenes "Mateo Booz"  ( organizado por la Asociación Santafesina DEscritores)  y tuve la suerte de obtener la primera mención.


¡Saludos!



RELOJES HUMANOS




El número uno descollaba en el reloj despertador que permanecía inquieto en la mesa de noche, como si supiera que aún era demasiado pronto para que lo mirase, sabiendo que no sonaría hasta cinco horas más tarde.


Negué con la cabeza, sonriéndome. “Cosas de artista”, me dije, “siempre pensando en darle vida hasta a lo que no la tiene”. Moví mi cabeza de un lado hacia el otro, sintiendo el tronar de mi cuello una vez por cada lado.


Subsistía en mi manía recientemente adquirida de observar el despertador. Uno…dos…tres. “¡Joder!”, dejé escapar el insulto acompañado de un suspiro quejoso. El piso estaba frío y yo me aventuré a él de manera precipitada. Quizás debí haber permanecido en la cama un poco más…


No dejé que el helado suelo me ganara la guerra y enseguida me calcé las pantuflas de peluche. Luego me acerqué hasta la ventana de la habitación para meter las narices de lleno en la aburrida madrugada de Alcalá de Henares. ¡Ya era jueves! Y siguiendo una lógica innecesaria, el día siguiente sería viernes y antes de lo esperado el fin de semana me encontraría atrapada nuevamente en mi apartamento, demasiado atosigada como para prestar atención a algo que no fuera el terminar la ficción.


Habían transcurrido cinco días desde que escribí el punto final. Punto final para un capítulo, pero no para el libro. Aún faltaba el desenlace de todo, un capítulo más y luego sí, el punto final que tanto estaba buscando. La escritura cangrejo no era lo mío y nunca sabía el final de mis libros hasta que este tuviera que escribirse. Como la mayoría de los escritores devotos yo no era más que una esclava de mis personajes. Mis manos eran mías mientras ellos no las necesitaran, pero cuando las pretendían, me carcomían el cerebro encerrándome en la cárcel de mi propia mente, siendo ellos los que tomaban el control. Mis personajes solo querían -y necesitaban- que los dejara ser ellos mismos, y hacía mucho tiempo que había aprendido a perder esa guerra civil que se generaba en mi propio cuerpo. ¿Y entonces? ¿Dónde se encontraba mi inspiración? Necesitaba ese punto, pero no llegaba. Habían transcurrido dos años y treinta y cuatro días desde que comencé la novela y ese punto final no quería aparecer. ¿Quizás mi musa se había extraviado?


Podía divisar algunas estrellas fulgentes en el cielo, pero no encontré la luna. “Tantos poetas cantándole a ese bicho raro en el cielo y yo sin poder verla. Si acaso pudiera ayudarme…”. Eso solo me frustraba más. Por tal motivo, cerré la ventana con cierta brusquedad y salí de mi habitación, caminando seis pasos hasta el baño. Pocos, sí, pero un apartamento pequeño era todo lo que le bastaba a una bohemia como yo. ¿Para qué más? Solo necesitaba mi espacio y mi soledad. “Mujer vacía que perdió a su musa”, le susurré al espejo, mirándome a los ojos. “¿Y con qué pagaré el alquiler de este lugar si no termino este jodido libro?”


No se trataba únicamente de eso, sino que habían sido varios los intentos por convencer a mi editor de que esta novela llegaría a buen puerto, hasta que por fin accedió a leerla. Llevábamos varios años trabajando juntos, así que nos conocíamos casi como si fuéramos familia. Sabía de mi escepticismo hacia las historias de amor y no entendía por qué estaba escribiendo una novela sobre eso. A decir verdad, yo tampoco lo entendía, pero todo el mundo tiene el derecho para cometer una locura al menos una vez en su vida. Si todo había salido bien con mis tres novelas anteriores, ¿por qué no me iría bien entonces, con mi primera -y tal vez única- historia romántica?


El día anterior habíamos quedado en encontrarnos aproximadamente a las nueve de la mañana en el Parque de Cataluña, el mismo lugar de encuentro que siempre utilizábamos no sólo porque era un punto medio entre ambas ciudades, sino porque era un lugar perfecto que siempre lograba dejarnos maravillados. Y esta vez llevaría conmigo un plan secreto: quizás ese lugar tan admirable me devolviese un poco de mi nula inspiración. Por lo pronto, solo le entregaría lo que llevaba escrito de la obra, exactamente hasta su penúltimo capítulo y le diría que el final era una sorpresa. Que se lo entregaría aparte, luego que terminara de leer el material que le estaba ofreciendo. Me odiaría, lo sabía, pero ya me importaba poco y nada.


Sin embargo, de aquí a que tuviera que subirme al tren quedaba un gran tramo por recorrer. Tomé un baño relajante y tranquilizador, esperando encontrar una solución en eso, pero nada. Luego de vestirme, secarme el cabello, peinarme y ya maquillarme para encontrarme totalmente lista cuando fuera la hora en la que debía abandonar el departamento, me senté en el escritorio frente a la computadora, deseando que mis personajes decidieran unírseme. “Por Dios, tía, que te vas a volver chiflada si sigues de este modo…”, exclamé luego de casi media hora en la que nada sucedió. Hablar sola, esa era mi especialidad…


Dormité un rato en el sillón del living hasta que la alarma de mi celular comenzó a sonar, indicándome que era la hora de partir. Cogí mi bolso, el manuscrito y las llaves del departamento. Dejé todo en la mesa del comedor por unos segundos, pues había olvidado colocarme el abrigo. Luego de maldecir mientras lograba encajármelo con un poco de dificultad en las mangas, ya que la ley de Murphy siempre ataca al que va apurado, volví a recoger las cosas que había dejado sobre la mesa y me marché del departamento.


Llegué a la Estación de Alcalá de Henares a las siete menos cuarto y deambulé unos minutos hasta que me tocó subirme al tren con destino a Alcobenda. Para ese entonces ya eran las siete de la mañana y no tardó casi nada en ponerse en marcha. Tomé posesión del primer asiento desocupado que divisé y luego de acomodar el bolso sobre mis piernas, me crucé de brazos. Un tren siempre es un recurso perfecto para un escritor: bastaba con mirar a mis acompañantes y uno y mil personajes podrían llegar a mi cabeza. Los niños con uniformes de colegio, la mujer de traje hablando por teléfono -seguramente atareada con alguna tarea del trabajo al que aún no había llegado-, aquel hombre dormitando contra una ventanilla… El observarlos detenidamente me hacían imaginar una y mil historias, pero ninguna que me ayudara a terminar con mi libro.


Junto a mí se encontraba una chica de vaqueros ajustados y cabello rubio lo suficientemente largo como para que pudiera notarlo sin necesidad de dirigir la mirada hacia ella. Fue lo único en lo que alcancé a reparar, porque hubiera sido bastante grosero atreverme a girar la cabeza para observarla. Sin embargo, y con lo que el rabillo de mi ojo me permitía ver, estaba segura de que se parecía a mi personaje. A aquella chica que describía en el libro y a la cual aún no podía entregarle un final. La jovencita movió sus dedos frenéticamente contra un teléfono celular. Seguro que escribió un mensaje de texto. Percibí que sonrió cuando guardó su teléfono en el bolsillo. Quizás era un mensaje de amor, o algo por el estilo.


Tomé esto como una señal, porque las personas con imaginación -y mucho más los escritores- comenzamos a ver señales hasta en paredes pintadas de blanco. Tal vez la chica era verdaderamente mi personaje e intentaba ayudarme. Me distraje por unos momentos, puesto que el hombre que se encontraba frente a mí hizo explotar entre sus labios la goma de mascar que llevaba en la boca. Volví a perderme en mis pensamientos, dejando que la muchacha me ayudara. El individuo volvió a hacer estallar un globo, pero eso no me detuvo…


La chica se da cuenta de que lo ama y viaja en un tren para encontrarse con él… o quizás no. Puede estar huyendo del que se dio cuenta de que no es su verdadero amor y ya no sonríe, sino que está llorando. Incluso pudo haber sido él quien le dijo que ya no la amaba…


Le impedí a mi mente que siguiera pensando por unos cuantos segundos, ya que mi vecino de enfrente había vuelto a jugar con el chicle que traía en la boca, haciéndolo reventar. No me atreví a mirarlo a los ojos, pero sí le miré los pies. Traía unos zapatos negros y lo primero que hice fue preguntarme si servirían para correr. Y mientras los seguía estudiando, el dueño de aquel calzado volvió a hacer explotar la goma de mascar dos veces más…


Porque quizás el joven le dijo a la muchacha que no la amaba por miedo y luego corrió al tren en el que viajaba para decirle que sí lo hacía, pero lo perdió. O alcanzó a subir y ahora está buscándola entre los distintos vagones y la joven aún no lo sabe.


Dejé de mirar los zapatos del pasajero cuando este hizo estallar el chicle nuevamente. ¿Pero y si no alcanza a subir al tren? ¿Y si en verdad lo perdió? La podría llamar inmediatamente y decirle lo que pensaba confesarle personalmente, antes de que ella crea que lo perdió para siempre. O no lo hace y se limita a dar la media vuelta, prometiéndose olvidarse de su enamorada. Una vez más, aquel globo que formó el pasajero volvió romperse. Ya no me distraje porque terminé por incorporar aquel sonido a mi mente casi como un reloj.


Finalmente levanté la mirada y mis ojos se cruzaron con los de aquel extraño, quien hizo romper sobre sus labios una vez más la golosina, observándome fijamente. Los amantes terminarán juntos, tienen que hacerlo. O quizás uno de los dos se despierte en su cuarto y descubra que todo fue un sueño…


Dejé de observarlo a la cara, pero no volví a escuchar el sonido de la goma de mascar estallando. Entonces noté que me hacía falta. Que hacía unos segundos estaba allí y ya no. Que necesitaba de aquella cuenta extraña para seguir pensando. Como un reloj. Como el reloj que marcó el número uno cuando me desperté en la madrugada. Porque la vida en sí es una cuenta.


Aparté los finales por unos minutos, permitiéndome recordar cada una de las cosas que había hecho aquella mañana, intentando crear mi propia cuenta.


Uno, el número que marcó mi despertador y lo primero que vi aquel día…


Dos, los sonidos de mi cuello al desperezarme…


Tres, los minutos que tardé antes de ponerme de pie…


Cuatro, era jueves, el cuarto día de la semana…


Cinco, los días que pasaron desde la última vez que escribí…


Seis, los pasos que caminé meticulosamente hasta el baño, intentando aclarar mi mente…


Tenía que detenerme. Todo sonaba demasiado increíble, poco probable e incluso bastante sombrío, pero eso era lo que me maravillaba y me obligaba a seguir con la cuenta. Después de todo, ¿no es eso lo que somos los humanos? Relojes, cuentas andantes deambulando por el mundo, gastando horas, días, meses, años. Apolillando números. Debía continuar…


Siete, la hora en la que subí al tren…


Ocho, las veces que el pasajero frente a mí hizo explotar su goma de mascar…


Nueve, los finales alternativos que mi mente llegó a imaginar para la historia de mis personajes…


Números. Silencio…


Mi musa me había abandonado días atrás por algo irrebatible. Ella podía ver el futuro y necesitaba de una mente nueva a la cual alimentar, porque después de todo esa era su razón de existir. Sólo se dignó a volver para una rápida despedida, porque de alguna forma yo seguía perteneciéndole. No logré terminar la cuenta, no tuve tiempo. El destino, sin embargo, fue más macabro: la mañana del 11 de marzo de 2004, fueron diez las bombas que explotaron en Madrid.

Love is...
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