No me acuerdo de olvidarte

Todos necesitamos espejos para recordarnos a nosotros mismos quienes somos.



martes, 7 de diciembre de 2010

RETAZOS

Cuando escribí el siguiente cuento me encontraba algo afiebrada. Muchos dicen que la fiebre es fuente de inspiración y parece que tuvieron razón. Yo generalmente me inspiro cuando tengo sueño o cuando estoy nerviosa, pero esta vez la fiebre me resultó porque tuve la suerte de que hayan seleccionado al cuento como el 3er premio del "Certamen Literario Lermo Rafael Balbi" de la Universidad Católica de Santa Fe. Espero que les guste.


Retazos.

El día que José Luis Peralta iba a morir, se levantó más temprano que de costumbre. Siempre fue un hombre responsable y eso no iba a cambiar a último momento.

Necesitaba que su mano trazara sus últimos deseos. Un testamento no, sino una petición que nacía desde lo más profundo de su corazón. Después de todo, del testamento ya se había encargado apenas un mes luego de que los médicos le entregasen su diagnóstico final. Lo hizo en aquel momento porque se negaba a que su firma se asemejara a un garabato digno de un niño de jardín de infantes y no a la caligrafía de un dedicado profesor de Literatura. El Parkinson podía quitarle todo, no le importaba, pero no le quitaría su dignidad y su orgullo.

Ningún médico le había asegurado que moriría aquel día porque, dejando a un lado aquella enfermedad, se encontraba bien. Sin embargo, tenía la seguridad inexplicable de que aquel sería su último día sobre la tierra. Eso era algo que sólo otro moribundo podría entender. Había ingresado sin proponérselo a una macabra fraternidad privada y exquisita.

Se sentó al borde de su cama, se arremangó los puños del saco pijama y con dificultad comenzó a arrastrar una pesada caja que se encontraba debajo de él. Con manos temblorosas la subió y la destapó. Sus ojos se iluminaron al ver los objetos que allí reposaban. No quiso tocarlos, ni siquiera rozarlos. Sus manos ya no eran las mismas y de ninguna forma contaminaría sus recuerdos. Su mirada bastaba; esa sería su despedida.

Volvió a cubrir de oscuridad la caja y la usó como apoyo para el cuaderno que tomó de su mesa de luz. Desenganchó la lapicera que se encontraba prendida del espiral y sonrió antes de comenzar a escribir. Una vez finalizada aquella corta pero significante carta, arrancó cuidadosamente la hoja y la dobló, escribiendo en una de sus caras: “Leer con Urgencia, pero sólo bajo una situación especial”. Después de todo, su muerte lo sería. Él se encargaría de eso. Luego, se recostó nuevamente y se arropó con la frazada. Mantenía aquella sonrisa risueña en su rostro y así cerró los ojos. Él sabía que sería para siempre.

* * *
Sus hijos visitaron la habitación cerca del mediodía. Lo encontraron a él, lejano, y notaron la caja con la nota encima. Antonio corrió a llamar al doctor, aunque secretamente sabía que ya no había nada más por hacer. Sofía se quedó junto a su padre, rodeada de un respetuoso silencio. Le tomó la mano con suavidad y la protegió entre la suya, mientras con la otra alcanzaba la carta para luego comenzar a leerla.

No entendieron mucho el por qué ni la razón de la carta, pero hicieron todo lo que les había pedido. José Luis no quería ataúd, y en lugar de aquel armado de madera, en su velatorio estaría la caja, su caja. Su cuerpo iría a parar a una urna y luego, sus cenizas terminarían siendo acunadas por aquel arroyito cordobés, ése que se encontraba cercano a la que había sido la casa de sus abuelos y que fue su escape a la diversión en los calurosos veranos de su niñez.

Sofía y Antonio pensaron que nadie entendería por qué esa caja llena de cosas sin sentido se encontraba en el lugar donde debería hallarse el cuerpo de su padre. Muchos visitantes parecían desorbitados, se notaba en sus miradas reprobatorias y en sus cuchicheos sin disimulo.

Otras personas, en cambio, se acercaron a la caja y comenzaron a curiosear los objetos. Mateo, el que había sido el mejor amigo del difunto desde la más temprana edad, recuperó de entre todas las cosas una bolsa con canicas. La observó durante unos segundos, conteniendo las lágrimas y, de repente, su rostro rejuveneció acompañado de una brillante sonrisa. Guardó la bolsa en el bolsillo del saco y se fue de la casa de velatorios sonriendo.

A Sofía y Antonio no les pareció mal, ya que conocían a Mateo y pensaron que quizás necesitaba de aquel souvenir. Además, José Luis dejó escrito en la carta que podía hacer lo que quisieran con los objetos, mientras que quedasen en las manos correctas.

Tiempo después, una mujer canosa y que seguramente tendría la misma edad que Mateo, se acercó a la caja. Comenzó a investigarla y comprendieron que había encontrado algo que llamaba su atención en el momento que sus ojos comenzaron a lagrimear, adquiriendo un brillo especial. Tomó un pequeño ramillete de flores secas y lo estrechó contra su pecho. Llorando y sonriendo, todo a un mismo tiempo, fue a sentarse a un rincón.

Libros usados, cartas viejas, fotos, relojes, retazos de tela, entre otros objetos desfilaron frente a los ojos de todos. Muchas personas fueron las que se apropiaron de los objetos, cada una dejando escapar emociones diferentes. Lágrimas, sonrisas, miradas de complicidad, todo valía.

Cuando eran pocas las personas que quedaban en la sala, pues la noche ya se encontraba avanzada, Sofía se acercó a la señora que había tomado las flores secas. No se había movido del lugar y aún mantenía cuidadosamente entre sus manos el ramillete. Le preguntó quién era y le contestó que conoció a José Luis cuando eran muy jóvenes y que él había sido su primer novio. Esas flores que tenía entre sus manos crecían a la orilla de un camino cercano a la que había sido la casa de su niñez. Le confesó que fue en aquel lugar donde se habían dado su primer beso. También le comentó que tenía esposo, hijos y nietos, pero que esas cosas nunca se olvidan.

Sofía le agradeció con una sonrisa y se puso de pie. Ahora le tocaba a ella rebuscar en la caja, pero esta vez con mayor atención. Era poco lo que quedaba. Divisó un yo-yo que sabía que pertenecía a Antonio, pues cuando era niña debieron de ponerle cinco puntos de sutura en la frente porque su hermano no lo había usado como un yo-yo, sino como un “castiga-hermanas”. También localizó un par de anteojos viejos de su padre. Hacía muchos años que no los veía y al intentar recordar, recuperó la última vez que José Luis los había usado: fue el día que ella le había dicho que sería abuelo. Se secó una lágrima que recorría su mejilla y rebuscó la carta de su padre en el bolsillo de su saco negro. Necesitaba volver a leerla.

“Hijos: Yo ya no estoy aquí, pero no estén tristes. Me voy tranquilo, pues no me arrepiento de nada de lo que hice en mi vida. Ustedes saben que prefiero la cremación, pero mi último deseo es que la caja que dejo a su cuidado ocupe el lugar de mi ataúd en el funeral. Han sido buenos hijos y no arruinen eso ahora. Dejen que las personas tomen de esa caja lo que necesiten y les pertenezca. Los amo. Papá. “

Sofía necesitó volver a eliminar las lágrimas que recorrían su rostro. Ya no eran de dolor, sino de un total orgullo por la persona que había sido su padre. Al final de la carta, José Luis había citado una de las frases pertenecientes a un libro de Ernesto Sábato: “Y entonces recordamos un árbol, la casa de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano con su rumor de chicharras, un arroyito (…)”

Ahora podía entenderlo todo. La carta, la frase, los gestos de las personas, los objetos. Todos eran recuerdos, pedazos de momentos. Retazos de vida.

Sentía orgullo por su padre, pero no por el hecho de ser su hija, sino porque aquel hombre maravilloso no había querido que lloraran su muerte, sino que celebraran su vida.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Love is...
© YOZURENAI NO - Template by Blogger Sablonlari - Font by Fontspace