No me acuerdo de olvidarte

Todos necesitamos espejos para recordarnos a nosotros mismos quienes somos.



viernes, 14 de mayo de 2010

ENTRE HISTORIAS Y MARIPOSAS

Hice el siguiente texto para un taller literario en el que participo. La verdad, me costó horrores. Hasta hace algunos años, no era para nada amiga de mis nombres. Así que crear esto me hizo volver a pensar en muchas cosas, algunas que hacía tiempo que estaban dormidas.
También dejo un fragmento del poema de Johnathan Swift. No encontré una traducción al español del poema, pero pienso que lo bueno siempre es lo original.

Saludos (=


"Vanessa be the name
By which thou shalt be known to fame;
Vanessa, by the gods enrolled:
Her name on earth - shall not be told
."
Jonathan Swift , Cadenus and Vanessa , 1713

Creo que cosas grandiosas pueden resultar de las historias de amor. Esta, mi historia, lejos está de ser un relato de amor, pero bien podría decirse que empezó con uno. Allá por el año 1700 a un océano de distancia, fue un satírico irlandés quién le dio nombre a mi historia: Vanessa. Era un código, un juego de palabras entre dos amantes que bajo el ojo ajeno no debían serlo.

Vanessa cruzó continentes y se desperdigó por el mundo, hasta que, quizás mediante un susurro proveniente del aleteo de una mariposa con igual nombre, se instaló en el pensamiento de una mujer embarazada en el año 1991.

Mi madre nunca supo explicar el por qué de su elección. Sus palabras se agarrotan en el pensar que fui yo quien lo eligió, siempre tan apurada y queriendo hacer las cosas a mi modo. Y a mí también me gusta pensar que fue así. Aún queda perdida en el tiempo una frase inconclusa: “Te ibas a llamar Eugenia…”.

Una parte de misterio y otra de destino. El tiempo se encargó de hacerlo llegar a mí, pero llegó lacerado: Vanesa. La pérdida de una de sus partes no es más que el recuerdo viviente que, para que los sueños lleguen a transformarse en realidad hace falta luchar. Ese viaje a través de décadas, culturas e idiomas diferentes le otorgó sensaciones, sentimientos y variaciones que, de haberse quedado encarcelado en las páginas del poema de Jonathan Swift no hubiese obtenido. Y así lo recibí en mí, con todos aquellos componentes y texturas. Eugenia no, Vanesa sí.

Y es gracioso pensar que, en ninguno de mis tres nombres, recae ese primer pensamiento de mi madre. Durante mucho tiempo los repetía para mí como si se tratase de un verso que nunca terminaba de comprender: Vanesa Denise Daiana… No, algo no estaba bien. ¿Por qué una persona necesitaba de tantos nombres? Fueron varios años en los que intenté olvidarme que Daiana existía. Fui solo Vanesa Denise. Nadie necesitaba saber que Daiana también estaba allí, envejeciendo lentamente en las páginas de mi D.N.I y partida de Nacimiento. Sin embargo, estaba haciendo lo que tantas veces les había recriminado a los del registro civil cuando acecharon contra mi S pérdida: me estaba quitando identidad.

Con el feminismo y el arte de Vanesa, el toque afrancesado y original de Denise – con la pérdida, también, de una de sus s- y con aquel halo de misterio que siempre tendrá Daiana en mi vida, así soy yo.

Conozco a pocas Vanesa. Con el tiempo alcancé a descubrir que nombres como Vanina o Valeria son más comunes y que las Vanesa terminamos casi por inercia, respondiendo también ante estos nombres. Es un sinsentido. Sin embargo, el mayor misterio de mi vida se encierra en la pérdida de mis dos S. ¿Quizás ese suceso del destino tenga la culpa que yo pronuncie, en su mayoría, a las s como z? Lamentablemente, ni la fonoaudióloga pudo responder esta pregunta.




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