No me acuerdo de olvidarte

Todos necesitamos espejos para recordarnos a nosotros mismos quienes somos.



miércoles, 26 de mayo de 2010

ERA SOLA


Aprovecho a colgar uno de mis cuentos favoritos. Lo realicé en un certamen literario en el cuál participe hace aproximadamente tres años y, para mi suerte, salió con una mención. De igual forma, aún antes de saber el resultado, me había gustado muchísimo. Rarísimo, porque nunca me gusta lo que escribo... Jaja
Aclaro que la frase "Por tus antiguas rebeldías, y por la edad de tu dolor..." no me pertenece, sino que es de una autora Argentina, María Elena Walsh. El certamen consistía en elegir una frase de las propuestas y elaborar un cuento corto. Esa fue la frase que yo escogí.


ERA SOLA
Era sola, era pena. Caminaba sin rumbo por las calles grises de Buenos Aires. Solo ella, nadie más. Estaba sucia de recuerdos y limpia de ilusiones. Hacía mucho que nadie la oía hablar, que nadie escuchaba su realidad. Ningún buen nigromante hubiese adivinado jamás alguno de sus pensamientos.

Ya no creía en la esperanza, que solo la hacía caer día tras día con la sombría imagen de los sueños rotos. Solo ella, siempre triste. Pero sus disimuladas ganas por vivir la mantenían aún de pie. Quizás fue su destino quien aquella tarde la hizo cambiar de rumbo.No le gustaban los cambios. Le traían malos recuerdos, la llenaban de agonía; pero el sol escondiéndose la llamó a caminar.

Rodeó un jardín de rosas negras y doblo una esquina nunca antes vista. Y como si se encontrase buscando una dirección, sintió que había llegado.Observó de pies a cabeza aquella casa vieja, sombría, en desuso. La investigó intentando descubrir todos los secretos tan solo con el arma de sus ojos claros.Y así descubrió el primero: De tanto observar la casa, alguien la observaba a ella.

Por unos segundos, su mirada se clavó en la ventana de la parte inferior izquierda, la única que mantenía su cristal en pie.Se sorprendió al encontrarse con aquella figura opaca, de ojos tristes, sin ninguna expresión en su rostro.Mantuvieron la mirada por unos segundos, y cuando ella volteó, también lo hizo la otra joven.

No quiso girar nuevamente la cabeza. Solo contempló el gris cielo de aquel atardecer, y se dejo guiar por el sueño que la llevo inconscientemente - o tal vez no - hasta el colchón de su propia casa, depositándola suavemente sobre la almohada. Por primera vez en mucho tiempo el insomnio no fue su huésped.

Al día siguiente, luego de sus impostergables obligaciones y regresando rumbo a su casa, sintió el deseo de encontrarse nuevamente con ella. Tenía la ilusión de que la estuviese esperando, dispuesta a hablar solo con la mirada, como el día anterior.

Hizo el mismo recorrido. El sol a punto de comenzar a despedirse, las rosas grises y la casa. Más vieja, más sola, más sombría. Miró y descubrió que su sueño no se había roto aquella vez. Allí estaba ella, observándola, esperándola.Fueron unos cuantos minutos, tal como el día anterior, y eso bastó. Regresó a su casa con ganas de soñar, y esta vez no sintió miedo de hacerlo.

Los días pasaron, y los encuentros fueron diarios. Ya no había miedo, ni asombro, ni ignorancia alguna entre ellas. Ya no eran extrañas. Tan solo con observase se conocían. Primero fueron solo miradas, pero luego, al pasar los tres meses de aquel primer encuentro, se animó a levantar la mano y moverla, algo torpe, en forma de saludo. Al instante, recibió exactamente la misma repuesta. Y también por vez primera, hubo una expresión en el rostro de la dueña de la ventana. Un gesto raro, casi como una sonrisa, pero que nunca llego a serlo. Se despidieron y siguió su camino.

Nunca se atrevió a cruzar la verja que rodeaba la casa, pero decidió que al día siguiente lo haría.

Hubo desilusión al descubrir que su destino parecía no querer aquello, ya que un feroz temporal cayó como una maldición sobre el día esperado.La desilusión fue cambiada por preocupación. ¿Qué pasaría con la casa? Vieja, sola, no soportaría aquellos vientos que parecían no entender la gravedad del asunto, ya que a cada segundo incrementaban su fuerza.La esperanza se le hizo larga, y cuando la tormenta se detuvo, tuvo miedo de salir a la búsqueda de aquella muchacha. Temía no encontrarla, de perderla para siempre.

Cuando despertó al día siguiente, no lo dudó. Parecía no haber sol, pero de igual forma corrió hacia aquella casa. Todo lucía nuevo, pero estaba tan ocupada sintiendo miedo, que olvidó observar. Pasó rápido el jardín y apuró aun más el paso al llegar a la esquina. Cuando llegó al sitio de la casa, el sol en lo alto le pegó de frente, trayéndola a la realidad.

De la casa solo quedaban escombros, y toda la soledad y agonía que habían habitado antes en ella, habían quedado atrapadas debajo de los mismos. Sin embargo, no sintió miedo. Sabía que ella estaba bien. Volvió a observar al sol, parecía moverse. Quería que lo siguiera, y ella lo siguió. Dobló la esquina, la cual estaba más curva, mas iluminada. Pasó el jardín, y se detuvo a recoger una de las rosas blancas.

Cuando llegó a su hogar, el atardecer resplandecía de un hermoso rosado. Sabía que hacer. Se dirigió rápidamente hacia un viejo espejo que había en su habitación. Lo limpio para quitarle el polvo, y allí estaba ella.

-Por tus antiguas rebeldías, y por la edad de tu dolor, por eso te digo adiós- y sonrió como nunca antes lo había hecho.Tomó nuevamente su bolso y salió por la puerta. Aún quedaba algo de sol y quería disfrutarlo.

Quizás era eso y nunca, hasta ahora, lo había descubierto: el sol era su guía. Ahora quería caminar, sonreír y soñar. Porque descubrió que para soñar, y sin miedo, ya no hacía falta dormir. Ese era el segundo secreto.
El tercer secreto era que nunca, jamás, iba a estar sola. Se tenía a ella misma.

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